Bellico

Muestra individual

Espacio Fundación Telefónica, Buenos Aires, Argentina, 2011

Martín Bonadeo. Bellico, es un importante proyecto resultado de un año de trabajo en conjunto entre el artista, la curadora y el equipo del Espacio Fundación Telefónica para la producción de obras inéditas, interviniendo dentro y fuera el espacio expositivo. 
La exposición refleja el interés del autor, quien, a través de diferentes intervenciones y objetos, relaciona la historia de las telecomunicaciones con la industria bélica y el concepto de Belleza.

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Necesito celulares y teléfonos en desuso

por Alma Ruiz*

Con el llamado de “necesito celulares y teléfonos en desuso”, Martín Bonadeo pidió a sus amigos, familiares y conocidos que le envíen los aparatos telefónicos que todos tenemos en casa, relegados en algún cajón del escritorio, ocupando lugar, y con los que no sabemos qué hacer. La respuesta que recibió a este llamado fue inmediata y se tradujo en una donación de más de doscientos teléfonos que Martín utilizó para la creación de una de las muchas obras que forman parte de la muestra que se presenta en el Espacio Fundación Telefónica. El aspecto reciclable de esta acción permea muchas otras, ya que, tomando el teléfono y sus usos y consecuencias como tema central, ha requerido la utilización de aparatos telefónicos de varias épocas y estilos.

Martín Bonadeo. Bellico reúne once obras creadas específicamente para la exposición. El subtítulo Bellico está conformado por el apellido de Alexander Graham Bell, a quien oficialmente se le atribuye la invención del teléfono, y la palabra bélico, o sea, relativo a la guerra. La exposición representa una incursión concentrada en el tema del teléfono, aparato que ha alcanzado una importancia vital en nuestras vidas cotidianas que hasta hace poco no podíamos prever. Hoy nos queda claro que los avances tecnológicos de mayor envergadura han sucedido con el teléfono; tanto es así que ahora lo llamamos smart phone, otorgándole atribuciones que hasta hace poco estaban reservadas para los seres humanos. Una persona puede ser “inteligente”, pero una máquina no, porque ésta no piensa por sí sola; sus acciones están determinadas por el hombre. Con el teléfono podemos hacerlo casi todo –desde trámites bancarios hasta reservaciones aéreas– sin tener que hablar con otro ser humano. En países menos desarrollados, donde el poseer un teléfono de línea o una computadora todavía no está al alcance de la mayoría de la población, el teléfono celular o móvil se ha convertido en el instrumento principal de interacción social. Más aún porque no requiere una inversión en infraestructura, y da a sectores de la población que hasta hace poco estaban excluidos la oportunidad de tener comunicación rápida y eficaz sin mayor esfuerzo y a precios más o menos razonables.

Martín Bonadeo. Bellico también pone en evidencia ciertos elementos muy presentes en la creación artística contemporánea, pero aún desconocidos para alguien que no tiene contacto con el medio. El primero es la concepción de obras hechas directamente para una exposición y sobre un cierto tema; el segundo, el proceso de fabricación de las obras, y el tercero, el mecenazgo o financiamiento que hace posible su realización. El crear once obras nuevas ha sido una labor gigantesca para Martín. Labor que le ha llevado seis meses de intenso y arduo trabajo, que incluye investigación, coordinación, pruebas, diálogo y la continua revaloración del proyecto, teniendo siempre presente que el tiempo del que dispone es limitado –sin descuidar sus tareas académicas y su papel de padre de familia–. La presión que se crea puede ser insostenible, el fruto de este trabajo un fracaso o… un triunfo que no se determina sino hasta el momento en que las obras son colocadas en el espacio expositivo o son puestas en acción –en este caso por la naturaleza participativa de algunas de ellas– y presentadas al público para juicio crítico y general. La situación de Martín no es única, sino más bien emblemática del proceso creativo de muchos artistas contemporáneos.

La premisa de la exposición está basada sobre un grupo de obras de concepción y manufactura nuevas. Éstas no podrían haber sido realizadas sin el mecenazgo de la institución que, además de proveer fondos para su manufactura, patrocinó la muestra y el catálogo. Con este sistema la Fundación Telefónica estimula la creatividad artística en el país, al dar la oportunidad a jóvenes artistas de crear nuevas obras que, al cierre de la exposición, se vuelven de su propiedad. Curiosamente, ni la manera de trabajar de éstos ni el apoyo institucional son producto de nuestros tiempos, sino que forman parte de una tradición que se remonta al pasado y que conocemos gracias a personajes como el artista y escritor aretino Giorgio Vasari, quien describe la situación de los creadores en aquella época en su célebre narración Le vite de’ più eccellenti pittori, scultori ed architettori, publicada en 1550. Significativamente, la relación mecenasartista pone en evidencia una dinámica de poder, obviamente desigual entre el que da y el que recibe, pero que a pesar de ser imperfecta ha permitido a lo largo del tiempo la realización de innumerables obras de arte.

En Martín Bonadeo. Bellico las obras no tienen que ver directamente con la guerra, como el título nos podría hacer creer, sino con el hecho de que muchos de los adelantos tecnológicos han sido impulsados por la industria bélica.

El walkie talkie, el GPS y la Internet son algunos de los ejemplos más recientes cuyo uso inicial ha sido concebido para la defensa. Con el tiempo se les encuentran nuevos y prácticos usos, con lo que pierden su novedad y pasan al dominio público. Más específicamente, las obras se refieren a esa lucha que se tiene día a día entre la utilidad y la intromisión que el teléfono representa en nuestras vidas, entre el uso y el abuso de este instrumento que, en este caso, Martín desmenuza y re-presenta en un contexto artístico. Con ellas, el autor nos trae a la conciencia el dominio ineludible que tiene en nuestras vidas el teléfono, del cual dependemos cada día más, desarrollando muchas veces una compleja relación de amor-odio con ese aparatito atractivo y seductor que sin mayor esfuerzo nos conquista y esclaviza haciéndose totalmente indispensable. Como si fuese un escritor de corriente costumbrista que a través de relatos cortos retrata la realidad, los usos y las tradiciones de su ciudad natal, Martín toma sus agudas observaciones acerca de sus propios hábitos telefónicos y los de sus conciudadanos y teje pequeñas historias, que en este caso se presentan como obras de arte. El orden en el cual éstas han sido expuestas es de especial importancia para Martín. Colocada bajo el arco principal de la fachada del Espacio Fundación Telefónica, Largaoídos (2011) es una corneta metálica de aproximadamente 3,20 metros de largo, que emula un radar acústico de los que se usaban a principios del siglo XX para escuchar aviones a distancia. Esta obra apunta hacia la plaza de enfrente, como un radar que vigila un territorio que se extiende hacia varios puntos de la ciudad. El otro extremo de la corneta se une a una manguera que termina en un par de auriculares que el público se coloca para escuchar los sonidos de la plaza amplificados. Largaoídos pone de manifiesto muchos de los sonidos que ya estamos acostumbrados a escuchar sin prestarles atención pero que, al amplificarlos, se particularizan y parecen novedosos. La corneta es un amplificador analógico que imitamos cuando acercamos las manos a la boca para gritar fuerte o para susurrar un secreto. En la guerra la corneta se utilizaba para anticipar un ataque, en Largaoídos su propósito es poner al visitante en contacto con su entorno, ya sea la naturaleza (el trino de los pájaros, el ruido de la lluvia, el viento que se cuela entre las ramas de los árboles) o la cacofonía urbana (los autos que pasan y las voces que se mezclan en conversaciones íntimas). Según Martín, la percepción es algo completo, y este tipo de tecnología rompe con la simetría sensorial extendiendo nuestra capacidad de oír. Como los lentes de largavista que dan al ojo humano la aptitud de ver más allá de sus posibilidades físicas, Largaoídos, metafóricamente, estira el oído dándole la posibilidad de escuchar un mundo nuevo.

En proximidad de Largaoídos se encuentra Telemonólogos (2011), un bosque de auriculares que cuelgan de una estructura por medio de cables helicoidales. Al acercar el auricular al oído, se escuchan mensajes que el artista ha orquestado a intervalos cortos. En su totalidad, los mensajes tienen que ver con la incapacidad para conectarnos unos con otros debido a equivocaciones al marcar los números, saturación de líneas o cambios en el número de teléfono. No queda más que colgar el auricular y llamar de nuevo más tarde. De allí que este tipo de tecnología se preste para ser usado como excusa: “Traté de llamarte, pero me daba ocupado todo el tiempo”, “Llamé varias veces, pero nadie me contestó”, “Me decía que la característica estaba fuera de servicio”, “Cambiaste el número sin avisarme”, experiencias comunes a todos. En Telemonólogos no hay un intercambio de información, como se haría con la ayuda de un teléfono funcional; aquí faltan las conversaciones, y sólo se escuchan mensajes pregrabados. En momentos de agitación, catástrofe, o dramas familiares, y ante la imposibilidad de concretar una llamada que nos tranquilice, nos hacemos las mismas preguntas: “¿Cómo era esto antes del teléfono?”, “¿Cómo podíamos vivir sin él?”. Seguramente todos encontrábamos la manera, afirma Martín. La voz que comunica los mensajes en Telemonólogos, como “El número marcado cambió”, “Telefónica de la Argentina le recuerda…”, “Ocupado”, “Anteponga el 4 al número marcado”, etc., posiblemente resulte familiar para los porteños, porque fue grabado por la misma locutora que lleva trabajando como la voz de ENTel –la antigua empresa estatal de teléfonos– más de cuarenta años. Formalmente, Telemonólogos referencia los penetrables del artista venezolano Jesús Rafael Soto (1923-2005). La estructura que, suspendida del techo, sirve de soporte a los alambres helicoidales y a los auriculares se asemeja a la estructura de metal de los penetrables, de donde penden miles de tubos plásticos finos que, descendiendo hasta el suelo, forman una densa selva de color azul o amarillo. En los penetrables de Soto, el público literalmente entra en la obra de arte y la experimenta por medio de su movimiento físico dentro de ella. En Telemonólogos, el visitante también entra en la obra para escuchar los sonidos que emanan de múltiples auriculares. Al fondo de la planta baja, en una sala que lo separa de Telemonólogos, se encuentra Resonador (2011), constituido por un domo de madera, una central telefónica antigua y un número variable de teléfonos analógicos, de disco y con botones. La forma circular de las repisas en las cuales están colocados los aparatos, redonda como un reloj, se asemeja al antiguo disco de los teléfonos de la primera mitad del siglo pasado. Resonador funciona con un sensor que activa las campanillas de los teléfonos cuando alguien accede a la sala. Las campanillas empiezan a sonar una a una en forma de espiral ascendente hasta envolver completamente con su sonido a la persona o las personas que se encuentran adentro. Esta acción genera la reacción inmediata de querer responder para identificar al que llama. Pero, en este caso, Resonador es una obra de arte y, por ende, intocable. La persona se pregunta: “¿Respondo? Y, de ser así, ¿cuál? ¿El rojo? ¿Quién llama? ¿Qué desea?”. El torrente de preguntas despierta ansiedad, que se hace mayor ante la imposibilidad física de responder levantando el auricular. Y luego viene a la mente el mantra de los museos: “No tocar”. El deseo de transgredir puede manifestarse, y no sería extraño que alguien tratara de contestar uno de los llamados. La idea de una energía ascendente que progresivamente lo envuelve todo se traduce en una manifestación sonora que puede ser desagradable para el visitante, que se siente atacado y vulnerable. Sin embargo, Resonador puede producir también nostalgia al traer recuerdos personales sobre situaciones relacionadas con los teléfonos antiguos que conectaban su hogar con el mundo exterior.

A medida que el público recorre la exposición empieza a darse cuenta de que su participación es indispensable para la apreciación y comprensión de algunas obras. La naturaleza participatoria de éstas forma parte de una tradición que fue adoptada por artistas latinoamericanos a partir de los años 60. El acercamiento del observador a la obra debido a la disolución del espacio que tradicionalmente existe entre ambos fue exitosamente explorado por artistas como los brasileños Hélio Oiticica (1937-1980) y Lygia Clark (1920-1988), los venezolanos Carlos Cruz-Diez (1923-) y Jesús Rafael Soto y el argentino Julio Le Parc (1928-) en obras tan diversas como lo son sus autores. En América Latina el deseo de integrar al público en la obra de arte tiene su origen en la idea de igualdad y de participación social y política, y en la voluntad de despojarlo de esa apatía o resistencia que pueda tener en intervenir en aspectos fundamentales de la vida diaria. Dada la historia del colonialismo europeo, y más recientemente la del norteamericano, los artistas vieron en la desmitificación del arte la posibilidad de crear una situación liberatoria en la cual el público poco conocedor –sintiéndose inferior o intimidado ante la presencia de lo que se le indica como obra de arte: objeto único, valioso e inalcanzable– adquiere una paridad con la obra y con el artista, pasando a ser un tercio del proceso creativo. El trinomio artista-obra-público es, por ende, obligatorio para que la obra pueda completarse y así cumplir su cometido como experiencia trascendental. En el caso de Martín Bonadeo. Bellico, la participación del visitante es fundamental en varias de las piezas que irá descubriendo a medida que visita la exposición.

La exhibición continúa en el primer piso. Al pasar por el rellano de la escalera, el público encontrará OLALO (2011), o, mejor dicho, escuchará ¿hola?, ¿aló? a manera de saludo. Juguetona y sencilla de comprender, OLALO es una especie de laringe humana que emite un saludo familiar, que, como los teléfonos pasados de moda de Resonador, también va en vía de extinción. Con los celulares y con el caller ID ya no saludamos con un ¿hola? o un ¿aló?, sino que respondemos directamente utilizando el nombre de la persona que aparece en la pequeña pantalla, o a veces no contestamos si el número no nos resulta familiar. La identificación inmediata nos da la opción de aceptar o rechazar la llamada, movida práctica si no podemos o no deseamos responder en ese momento, pero al mismo tiempo nos roba el misterio de no saber quién nos llama y por qué. Una caja de madera, tres cornetas de metal hechas en un estilo antiguo, creado a propósito para generar nostalgia, y tres fonadores (objetos de vidrio soplado que imitan el aparato parlante humano) forman OLALO. Tiene dos sensores, uno en cada extremo, de modo que cuando una persona sube las escaleras y pasa frente, a la pieza escucha aló y cuando regresa, hola. Mientras el público interactúa con la obra posiblemente recordará la escena del film Big (1988) en la que un chico atrapado en el cuerpo de un adulto se deleita saltando sobre las teclas de un piano gigantesco en FAO Schwarz, la famosa tienda de juguetes neoyorquina. OLALO tiene una relación directa con Largaoídos en cuanto a que estimula el oído para que escuche la voz –éste fue el gran descubrimiento de Bell cuando dejó de pensar en cómo reproducir la voz y concentrarse en cómo estimular el oído para que escuchase la voz humana de una manera mejor–.

La obra de mayor escala en la muestra, y una de las pocas que se crearon pensando en un lugar específico dentro de las salas expositivas, es Paisaje telefónico (2011). Aprovechando los detalles arquitectónicos del edificio construido en la década de los 20, Martín seleccionó una fila de columnas de hierro que dividen el espacio en dos. La posición y altura de las columnas hizo que Martín concibiera Paisaje telefónico como una reinterpretación de la pampa argentina, paisaje mítico y seductor y símbolo de los espacios abiertos y de la libertad. En la pampa el cielo y la tierra se unen en la lejanía por medio de un horizonte bajo donde la proporción del verde parece ser un tercio del azul del cielo, proporción equiparable a la adoptada en la pintura paisajista holandesa, en la cual el cielo predomina sobre el mar. Recreando este paisaje con cables luminiscentes en azul y verde a lo largo del espacio, Martín representa los cientos de kilómetros de postes y cables telefónicos que fueron tendidos en la actualización de las redes de comunicación, pero que ahora aparecen tristes y olvidados, como huérfanos abandonados por su madre. Hoy los postes obsoletos y golpeados por los elementos forman parte de la pampa.

Algunos se han caído y están hechos pedazos; entre sus ejes horizontales se ven los nidos de los horneros, pájaros típicos del lugar, que en ellos encontraron el refugio ideal. Con Paisaje telefónico, Martín sitúa la pampa argentina dentro de la exposición, dándole un lugar preponderante en la memoria histórica del país. Tomando un grabado de F. Curtus del libro de Giovanni Battista Riccioli Almagestum Novum, de 1651, y otro del de Athanasius Kircher Arts Magna-Lucis et Umbrae, de 1646, Martín ha creado dos obras que trazan una comparación entre el siglo XVII, cuando se debatieron fuertemente los descubrimientos astronómicos de Ptolomeo (ca. 168 a. C. - ca. 90 a. C), Copérnico (1473-1543) y Galileo (1564-1642), y la época moderna con su vertiginoso desarrollo tecnológico, dos períodos afines en la historia en cuanto momentos de grandes cambios científicos. Tituladas Estados vibracionales I y II (ambas de 2011), las obras consisten en una copia de ambos grabados ampliados a gran escala y puestos sobre plataformas de madera sobre las cuales ascienden y descienden dos altoparlantes que emiten sonidos diversos. El altibajo de los altoparlantes imita el movimento de los platillos de la balanza que, en el grabado de Riccioli, está sostenida por una figura femenina que representa a Urania (la musa de la astronomía) y a Astraea (la diosa de la justicia) simultáneamente. En vez de los platillos, la balanza muestra los sistemas planetarios que eran objetos de disensión –uno geocéntrico (con los planetas girando alrededor de la Tierra) y el otro heliocéntrico (con los planetas girando alrededor del Sol)–, y que ilustran las teorías de la época que disputaban la supremacía de la Tierra como el centro del universo. En las obras de Martín, la forma circular de los altoparlantes imita la de los eclipses, oscureciendo ciertas imágenes que simbolizan las dualidades luz/sombra, noche/día, ciencia/religión, tierra/cielo, allí descritas. Estados vibracionales I y II es una obra muy compleja que se revela poco a poco; no es posible comprender a simple vista las relaciones tangenciales que el artista crea con el contenido de los grabados. Por ejemplo, los eclipses producidos por los altoparlantes nos recuerdan que fue Ptolomeo, el astrónomo grecoegipcio, el primero en establecer criterios para predecir eclipses. Para Martín, Estados vibracionales I y II representa el valor del conocimiento y el poder que ése genera. El tema del reciclaje aparece en Muertos vivos (2011) como producto de un interés de parte de Martín por el desperdicio debido a nuestra voracidad tecnológica. La obra está conformada por una maqueta circular cuya superficie semeja un campo de césped del que emergen celulares que funcionan como lápidas. Su composición está basada en una sección del Cementerio Nacional de Arlington en Washington D.C., lugar donde descansan los héroes de guerra. Los celulares se obtuvieron –como se comenta al principio– por medio de un llamado a amigos y familiares para que donaran sus aparatos en desuso. Al observar Muertos vivos se nota que algunas pantallas se encienden, mostrando los rastros dejados por sus antiguos dueños. Martín compara este hecho con un ataque de catalepsia (una especie de animación suspendida): aunque los celulares fueron dados de baja, podrían reanimarse fácilmente. También puede notarse que muchos tienen logos de empresas que ya no existen porque cerraron o fueron absorbidas por otras con una marca relativamente nueva que enmascara un monopolio telefónico; otros muestran logos que todavía se encuentran. Muertos vivos pone en evidencia la cantidad de desechos que generamos y cómo nos vemos obligados a cambiar de celular por un modelo mejor aun cuando el que tenemos todavía sirve. Descartados, ya sea porque no tienen suficientes funciones o pasaron de moda, los celulares se recontextualizan creativamente en una obra de arte.

Marketing de guerra (2011) es una obra que, como Telemonólogos, contiene sonido, y, como Paisaje telefónico, fue creada específicamente para adaptarse a la arquitectura del Espacio Fundación Telefónica. Cubriendo completamente una de las columnas de hierro que se encuentran en la sala, los alambres de Marketing de guerra se desparraman desde lo alto de la columna hasta llegar al suelo. Su exuberancia esconde pequeños parlantes que emiten mensajes que Martín grabó en el contestador de su taller durante seis meses. Los cientos de mensajes provienen tanto de amigos, colegas y familiares como de agencias publicitarias, empresas comerciales y campañas políticas: “Hola, Martín, ¿cómo estás? Habla Alma, quizás estoy llamando al número…”, “Hola, Martín, simplemente quería…”, “Todas las familias trabajadoras con Cristina hemos recuperado la dignidad y ya es hora de que la ciudad de Buenos Aires se sume al proyecto nacional. Te esperamos…”, “Hola, amor, ¿qué tal? Soy yo”, “¿Hola? ¡Hola, hola, hola!”, “Buenos días, mi nombre es Cristian y me comunico de Cablevisión. En esta oportunidad nos acercamos a usted para saludarle y darle un mensaje exclusivo…”, “Martín, habla Hugo…”, “Hola, papá”. Marketing de guerra refleja los sentimientos del artista, quien como tantos otros se siente agredido continuamente por las llamadas que, no respetando horarios ni privacidad, interrumpen nuestras actividades a todas horas. Mientras escribía este ensayo me enteré, por medio del periódico Los Angeles Times del 3 de agosto de 2011, de que el coronel Arthur “Kit” Murray, un piloto de pruebas experimentales, había fallecido a los 92 años en el estado de Texas. La relevancia de esta noticia está en el hecho de que el coronel Murray fue el piloto del Bell X-1A, avión supersónico que, a una altitud de 90.000 pies, fue el primero en romper la barrera del sonido. Fue condecorado por dicha hazaña, la cual fue llevada a cabo después de que lograra estabilizar el avión, que perdía altura rápidamente. El piloto describió su experiencia diciendo que “el cielo se había tornado de un morado oscuro y podía ver desde el norte de California hasta la península de Baja California en México”. El momento en que el avión atraviesa la barrera del sonido es visualizado por Martín con la obra Barrera audiovisual (2011), la cual representa el preciso instante en que el ojo humano capta la transformación del sonido en imagen viéndola como una nube cónica blanca de la cual emerge el avión. Con la desaparición del coronel Murray Barrera audiovisual cobra un mayor sentido, convirtiéndose en una especie de monumento al evento. En el proceso de creación de las obras era de esperarse que algunas sufrieran cambios drásticos a medida que Martín refinaba sus ideas. Una de éstas es Fuga de memoria (2011), la cual había sido concebida inicialmente como un cono de grandes proporciones. Al final, tomó una forma bidimensional que cuelga del muro y deja ver columnas de nombres y teléfonos. Las páginas tomadas de la guía telefónica de Buenos Aires nos muestran la manera en que aún se recopilan los usuarios del teléfono. Sin embargo, esta publicación va en camino de convertirse en algo obsoleto. En lo personal, un nuevo ejemplar me llega puntualmente cada año durante el mes de septiembre. Más por culpabilidad que por otra razón, lo conservo por varios meses hasta que un día lo relego a la pila de papeles destinados al reciclaje mientras me pregunto: ¿Qué tanto lo usa la gente en la era de la Internet? Fuga de memoria también se refiere a la tendencia actual de guardar los números en el celular y a memorizar solamente los más esenciales, dejando lagunas en la memoria. Asimismo, Fuga de memoria es el término que identifica los vacíos que se forman en un programa de computación, dejándolo disfuncional aun cuando parece completo. Esta obra es un claro ejemplo de cómo un sistema desplaza a otro; en este caso, cómo el formato libro va siendo desplazado por uno digital. Por otra parte, la reducción y eventual desaparación de la guía telefónica tradicional es una manera de contribuir a la preservación de los bosques porque, al disminuir el consumo de papel, se evita el corte de árboles. Con Fuga de memoria, Martín ha comenzado el proceso de reciclaje transformando las sencillas páginas de la guía telefónica de Buenos Aires en una obra de arte en la cual los nombres, direcciones y teléfonos que aparecen en ella quedarán detenidos en el tiempo en su nueva y más reciente encarnación. En las once obras que conforman Martín Bonadeo. Bellico se hace palpable la experiencia personal de Martín con el teléfono y el papel que éste desempeña en su vida de artista, profesor, padre de familia, hijo, amigo y ciudadano.

Cada una de ellas representa una situación propia con la cual nos podemos identificar. Se puede decir que la exposición responde a un momento singular en la vida del artista, quien expresa pública y artísticamente los sentimientos encontrados que alberga con respecto a este momento de grandes cambios tecnológicos que estamos viviendo y al cual tratamos de adaptarnos de la mejor manera posible. Martín, con su talento y sus dotes de observación, los pone en evidencia al seleccionar el teléfono como núcleo generador de ideas para esta particular exposición.


* Alma Ruiz nació en Guatemala. Está radicada en Los Ángeles, California, desde 1972. Es senior curator del Museum of Contemporary Art (MOCA) de Los Ángeles. Ha organizado numerosas exposiciones de arte contemporáneo, con énfasis en el período de la posguerra en Italia y Latinoamérica. Ha sido panelista de la Fundación Paul & Daisy Soros for New Americans, crítica de becas del Fideicomiso para las Artes y la Cultura de Estados Unidos-México y jurado en numerosas exposiciones y bienales como la V Bienal de Panamá y la XII Bienal Tamayo en México.


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