El cielo en la tierra

Muestra individual

Pabellón de las Bellas Artes de la Universidad Católica Argentina, Buenos Aires, 2010

Esta muestra individual propone poéticas sobre la tesis/antitesis cielo/tierra. En primer lugar, esta tensión es discutida por carteles de ruta planos, en forma de cinta de Moebius, uno que afirma ?Usted está en el cielo? y otro de ?stop? que es azul. Se presentan tres series de fotografías; una que muestra las torres más altas de Buenos Aires perdiéndose en la neblina, otra llamada ?Eclipses? con secuencias de fotos satelitales intervenidas para ver las sombras que producen estas torres y cinco fotografías translúcidas de la ribera ubicadas en la ventana, buscando recuperar el horizonte perdido. Hay dos fotos del cielo transiluminadas: una pequeña imagen gran angular ubicada detrás de un lente y otra en el techo que muestra un edificio con todos sus pisos en venta. Por último, tres proyectores de diapo antiguos representan cielos en el techo. Otros objetos incluyen: dos tableros de madera con 40 brújulas dispuestas para interferir sus campos mágneticos; tres relojes de arena dispuestos en forma horizontal plantean horizontes atemporales; y dos esculturas hechas de con un gran número de termómetros: horizonte interrumpido y horizonte en fuga. Por último, la instalación presenta 25 tiras de catálogos pantones alterados con pequeñas lentes que destacan sin orientacións de colores de pinturas relativas al cielo.


Llenando los cielos de sentido

Texto de sala

Gea primeramente dio a luz al estrellado Urano, semejante a ella misma, para que la protegiera por todas partes, con el fin de ser así asiento seguro para los felices Dioses.?Hesíodo, Teogonía.

Empecemos por el origen: etimológicamente la palabra cielo viene del latín caelum, y está basada en el vocablo griego kilon "cóncavo","hueco", "vacío", ya que aparece a la vista como una concavidad inmensa. Este espacio es el que intentamos llenar en un diálogo tejido entre Martín Bonadeo y los integrantes del Instituto para la Integración del Saber de la UCA* que editamos y reproducimos a continuación. La idea es abrir una vez más la discusión acerca de las poéticas del cielo. Por un lado está el cielo concreto, estamos rodeados por él. Siempre hay cielo; es una parte natural de nuestro entorno. A partir del origen del pensamiento científico, de Galileo en adelante fueron muchos los instrumentos que se utilizaron para observar y cuantificar las propiedades atmosféricas. Desde simples lentes hasta complejos instrumentos de navegación, brújulas, termómetros, barómetros o los contemporáneos GPS, constantemente necesitamos de estas mediciones para intentar controlar o predecir algo de lo que va a pasar nuestro entorno. En un futuro cercano o con una pregunta más trascendental buscamos respuestas en los signos del cielo.

Y de a poco entonces pasamos a un plano más abstracto, simbólico y subjetivo. Nos vamos encontrando con un elemento que evoca muchas metáforas y es sensible para muchos sistemas de creencias. Queremos internarnos desde la apreciación más compleja posible del término.

Siguiendo con este recorrido, muchos sostienen que el cielo propiamente no es el atmosférico, sino que es el que canta el poeta. Que el verdadero cielo es el que está desde el origen cuando aparece la humanidad. Y cuando aparece la humanidad, aparece el mito. Y cuando aparece el mito aparece el cielo. El cielo es cielo cuando pasa a través del hombre. Y la verdad está en el mito. Nada es si no pasa por el arte, por la palabra poética, por el sonido. Ahí las cosas son lo que son, lo demás es una decadencia. Cuando uno pasa al campo de la ciencia, nos encontramos con una verdad devaluada. Antes que la verdad de las ciencias y de la filosofía, es fundamental la obra del artista para que las cosas sean. A nivel ontológico, el paraíso es la visión de un mundo que está totalmente habitado por lo divino y en el cual todo está abierto, donde se ve en cada cosa una luz y todo es amplio. En cierto sentido, los únicos que realmente pueden hablar de paraíso son los poetas porque liberan todas las energías de la palabra, del lenguaje, de la significación.

Hay metáforas o símbolos que son matriciales y se encuentran en muchas culturas. El arriba y el abajo son coordenadas de prácticamente todas las civilizaciones. El norte es arriba y el sur abajo. La parte sur suele ser la parte más pobre. Y así quedamos en lo inferior, el infierno.

Y acá entra la organización binaria básica de la cultura. El cielo como polar a la tierra o con más tensión aún, al infierno. Pero el sí (cielo) es mucho más fuerte que en no (tierra). No lo oculta, lo contiene. Va más allá. En la banda de moebius los conceptos se ponen en continuidad y en equivalencia. Pero aquí fallaría ya que uno tiene esencia y el otro no. Podemos preguntarnos si estos conceptos son o no son polaridades, pero vivimos como si fueran excluyentes: o estamos en el cielo o estamos en la tierra.

Y esto se refuerza ya que, lamentablemente, cada vez estamos más lejos de ambos territorios. Con una capa de concreto entre la tierra y nuestros pies y otra capa de techo entre el cielo y nosotros, estamos encarcelados en un espacio cada vez más pequeño. Nuestro campo de acción es menor y nuestras capacidades son menores.

Miremos a nuestro alrededor. Estamos en Puerto Madero que es el barrio de Buenos Aires con las torres mas altas. El negocio del real state plantea que un piso 50 es más caro que un piso 8. El cielo es algo con lo que todos estamos en contacto a diario, pero el mercado lo plantea como un bien en escasez, que se "vende" a un alto precio.

Y para sostener esta hipótesis, solo basta mirar para arriba y ver los pequeños recortes celestes que nos van quedando. ¿Qué nos pasó? En otras épocas la visión del cielo era fundamental. Cuando los navegantes portugueses comenzaron a buscar nuevas rutas, la expansión del cielo era fundamental. Al atravesar la línea imaginaria del ecuador aparecieron nuevas estrellas y sintieron una sensación de abismo enorme. Su referencia imprescindible varió y tuvieron que aprender a leer el nuevo mapa estelar del hemisferio sur. Y esto le permitió a Colón imaginar otras tierras en función de un nuevo cielo.

Lo extraño es que en la conquista de América, los españoles importaron una cultura basada en un calendario de otro cielo. Y 500 años después nosotros vivimos según un sistema de valores adaptados a un cielo y a un calendario que no son los nuestros. Ya en el siglo XX se produce otro quiebre. El astronauta Yuri Gagarin, típico exponente del ateísmo soviético sentencia "subí al cielo y no lo vi a Dios" después de circunnavegar la tierra. Fue tal vez el primero en atravesar el cielo, logrando la conquista de un nuevo espacio, sin horizonte, sobrepasando el cielo visible.

Y volvemos al principio: la palabra cielo es mucho más que el cielo concreto. A los dioses de las distintas religiones no se los puede definir con variables físicas.

Desde una perspectiva católica, el paraíso es nuestra capacidad de maravillarnos. El cielo es ese plus que está siempre, pero a veces uno no conecta con él. Todas las dimensiones humanas van más allá de una medida, tienen que ver con una afectividad, la capacidad de maravillarse y esta va muy unida al amor. Entonces, desde esta perspectiva, el cielo tiene que ver con un sentimiento más que con los sentidos.

El apocalipsis plantea que Dios será todo en todos: cielo nuevo y tierra nueva. Vi la ciudad y ya no tenía templo porque el templo es Dios mismo. Y acá aparece la necesidad humana de arquitecturizar el cielo. En el gótico se atrapa más Dios, más cielo dentro de una estructura humana. Pero todos los sistemas de creencias plantan monasterios en la punta de una montaña. Y la montaña como punto de encuentro con una entidad que nos trasciende es clave. Mientras uno está más alto, hay menos presión atmosférica y cambian funciones sensoriales básicas diría una visión cientificista.

Sin embargo desde una visión subjetiva podemos afirmar que el cielo está contenido en esta sala, como está dentro de cada uno de nosotros.

* En esta reunión participaron: Pbro. Dr. Fernando Ortega, Director del IPIS; Dr. Néstor Corona Decano de la Facultad de Filosofía y Letras; Dra. Ana Donini, Ciencias de la Educación; Lic. Horacio García Bossio, Historia; Ing. Gustavo Giuliano, Ingeniero en Electrónica; Dr. Juan Manuel Rubio, Psicoanalista, Psicólogo, Médico; y Felipe Tami, Miembro de Número de la Académica Nacional de Ciencias Económicas.


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