Inmigrante/argentino
Instalación específica para el sitio
Calle Histórica de los Inmigrantes, Estudio Abierto Puerto, Buenos Aires, 2005

En uno de los extremos de la calle histórica por la que ingresaban los inmigrantes en el puerto de Buenos Aires se encuentra un pedestal de cemento blanco. Sobre él, una banda de moebius transparente descansa dentro de un cubo de vidrio. La banda tiene escritas en negro las palabras INMIGRANTE y ARGENTINO, cada una con una flecha en dirección opuesta. Como un reloj solar, este objeto proyecta su sombra. Por la mañana se lee bien la palabra Inmigrante. La proyección de la sombra de la palabra Argentino empieza a aparecer patas para arriba a media mañana. Al mediodía ambas palabras comparten el espacio de proyección y unas horas más tarde, la sombra de la palabra Argentino se da vuelta y toma preponderancia. La sombra de Inmigrante poco a poco va girando y se va retirando de la escena sin quedar afuera por completo en ningún momento.


¿Cuándo empezamos a llamarnos argentinos?

por Susanne Franz

Hay una pequeña calle de adoquines entre el Apostadero Naval, donde llegaron los barcos con inmigrantes a Buenos Aires, y el Hotel de Inmigrantes, su primer alojamiento antes de empezar la nueva vida en el nuevo país. Los que pasaron por allí todavía se encontraban como en un umbral, todavía no habían pisado de verdad su nueva patria. En el instante de pasar por ese umbral, ya nada sería como antes. A partir de ese momento, empezaría el lento y doloroso proceso de adaptación, quizás ya con el nuevo nombre que algún oficial de inmigración daría a los recién llegados, porque el propio nombre sería imposible de pronunciar. Un nuevo nombre, un idioma diferente, una cultura ajena. Un nuevo comienzo, en muchos casos no elegido. Un nuevo sol.

En una punta de la pequeña calle se encuentra un pequeño pedestal blanco. Sobre el pedestal, el artista argentino Martín Bonadeo ha montado un cubo de vidrio en el que muestra una cinta transparente, una cinta de Moebius interminable, que da vueltas sobre sí misma para volver después de una torsión aparentemente imposible a su punto de partida. A un lado de esa cinta está escrita en letras negras la palabra “Argentino”, en el otro lado la palabra “Inmigrante”. Esta intervención misteriosa parece a primera vista estática. Pero aunque no sea móvil en sí, cambia de forma durante el transcurso del día. Con el transcurso del sol ajeno. Con el sol de la mañana, se lee con claridad la palabra “Inmigrante”. Pero ya aparece la sombra de la palabra “Argentino”, patas arriba. Al mediodía, cuando el sol ajeno está en su cenit, las dos palabras ocupan un espacio de igual importancia. A la tarde, la sombra de la palabra “Argentino” se da vuelta y empieza a ocupar el lugar central. La sombra de la palabra “Inmigrante” también se da vuelta, lentamente, y comienza a desaparecer del campo de visión. Pero nunca desaparece por completo.

“¿Se puede olvidar una identidad para empezar a actuar otra? ¿Cuánto tiempo toma esta conquista individual?”. Estas son sólo algunas de las preguntas que Martín Bonadeo plantea con su complejo trabajo artístico. Todas lo llevan a proponer temas centrales sobre la búsqueda de identidad de sus compatriotas argentinos.


Inmigrante a la mañana, argentino a la tarde

Texto de sala

Cuando nacemos el mundo nos resulta ajeno, todo nos sorprende. Uno de los primeros fenómenos predecibles son los ciclos que se repiten: sabemos que se va a hacer de noche y que al día siguiente el sol va a volver a salir; sabemos instintivamente que hay un ciclo para alimentarnos y digerir. Hay un momento en nuestro desarrollo en el que empezamos a sentir más cosas como propias, entonces nos estabilizamos y nos instalamos. Hasta que se produce algún cambio en el entorno y repetimos un proceso de aprendizaje similar. Necesitamos un tiempo para que las nuevas condiciones resulten cómodas, para comprender códigos espaciales, sociales e idiosincrasias de una cultura ajena. ¿Se puede olvidar una identidad para empezar a actuar otra? ¿Cuánto tiempo toma esta conquista individual? Un año, dos años, una década, una generación, dos generaciones y yo ya me considero de acá. El sol nos brinda una forma de concebir el tiempo: una vez por año se ubica exactamente en el mismo lugar en el cielo. Y ese día solemos recordar que hace un año pasó algo. Hace treinta años que nací; hace más de cien que alguno de mis bisabuelos llegaba desde Italia, España, Francia o el Imperio Austro-Húngaro y caminaba por esta calle.

Por este empedrado pasaron muchos soles, cientos de personas que entraban esperanzadas, gente que vino a buscar una mejor situación de vida a estas tierras. Ellos llegaron con no mucho más que su sombra para aprender un idioma, una forma de vida y las costumbres de un lugar nuevo. Algo ya sabían: cuando se hacía de noche, al día siguiente el sol volvía a salir.

Pero las distintas latitudes hacen que la sombra varíe. La forma de nuestra proyección en el suelo es distinta según el ángulo de incidencia de la luz y nuestro ser vibra de un modo diferente según la tierra que tenemos bajo nuestros pies. Hay muchas sensaciones nuevas, espacios extraños, colores diferentes, texturas, olores y sabores desconocidos. ¿Nunca volveremos a ser los de antes? Solemos organizar la vida en opuestos: ayer y hoy; mañana y tarde; Norte y Sur, acá y allá; nosotros y ellos. ¿Qué pasa cuando nosotros empezamos a ser ellos, cuando los jóvenes empiezan a ser adultos, cuando lo ajeno empieza a resultarnos propio? ¿Cuándo empezamos a ser parte de una cultura que nos resultaba ajena? ¿Cuándo empezamos a llamarnos argentinos?


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