a
mi me rebota y a vos te explota
objeto/sujeto
y la construcción del tiempo del espectador
por
javier villa de villafañe
Imaginemos. Nuestro personaje se llama John Smith.
John Smith no es romántico. No cumple años hasta dentro
de un par de meses. No reza ni practica ritos satánicos. No
vive en un refugio, sin energía eléctrica, en la cima
del Himalaya. John Smith vive en San Francisco. Trabaja en el Downtown
en una importante firma que manipula dinero. El mercado termina su
jornada a las 18. Después de nueve horas de los ojos de John
Smith sobre una procesión continua de leds y de sus cuerdas
vocales agotadas por el frenesí del compro vendo, –imaginémoslo
como en las películas- el cuerpo de John Smith se desploma
sobre el asiento, tapizado en cuero negro, de su BMW. Sale del estacionamiento
a una ciudad plagada de automóviles. Comparte la ansiedad colectiva
de volver a casa y darse una ducha caliente. Está por tocar
bocina porque su fila de autos no avanza cuando, de pronto, mira al
frente y se encuentra con una vela de 20 metros, encendida y proyectada
sobre las paredes externas del Yerba Buena Center for the arts.
Imaginemos.
En un primer momento la imagen absorbe a nuestro personaje. Lo hipnotiza
como a un adolescente la danza de formas que produce el fuego. John
Smith está sobrecogido, se relaja, respira profundo. La proyección,
ubicada en ese espacio público en el centro de San Francisco,
es un escape del vértigo diario, de la superabundacia contemporánea
de imágenes, de la polución sonora, la velocidad y el
cansancio.
Como anuncia Martín Bonadeo en el título de la obra
(Hope), simbólicamente la vela puede transformarse en un signo
de esperanza. Pero más importante aún, la vela –en
su era posteléctrica- produce la sensación del instante
detenido: un tiempo intermedio dentro de un espacio atemporal. Es
decir, es esperanza y deseo cuando se sopla en un cumpleaños,
pero sólo porque esa acción transcurre en un instante
justo: entre medio de una edad y otra. El momento de apagarla es un
momento sin tiempo. Lo mismo ocurre cuando se prende una vela en la
noche entre el año viejo y el nuevo, o cuando un creyente entre
a una capilla repleta de velas y prende la suya; el sobrecogimiento
místico indica que ese espacio y esa acción no es terrenal
ni celestial, sino un puente.
Entonces, John Smith mira la vela. No sabe por cuanto tiempo, si media
cuadra o un siglo. Flota como una pareja incipiente en su primera
cena romántica. Bonadeo, en este caso, trabaja la idea de arte
como ofrenda efímera. Prende una vela por los John Smiths que
pasan diariamente por esa calle particular del mundo, un regalo precario
y pequeño que provoca una experiencia actual, una historia
situada –“una instalación específica para
el tiempo y el espacio”. Eso es claro: nunca un gran relato
que pretenda desenmascarar una gran verdad. Sólo John Smith
flotando en su asiento.
Imaginemos. Este efecto le dura unas cuantas pasadas, pero una vez que la situación comienza a naturalizarse y comprende el proceso de la vela consumiéndose día a día, el gigante trozo de cera deja de trasladarlo a ese espacio-lugar atemporal, casi meditativo, y lo trae al aquí y ahora de la forma más cruda posible. La vela se convierte en un objeto altamente anómalo, definiendo esa anomalía como una irrupción en el curso de las cosas, revelando lo injusto o lo penoso de las condiciones imperantes en el entorno en que la experiencia sucede. En el mejor de los casos, esa escala -aún mayor que la publicitaria- y la proyección como un proceso continuo en el tiempo y sobre las paredes de un centro de arte, trasforman a la vela en un objeto anómalo que pone en jaque el sometimiento diario a las formas y colores acostumbrados, rutinizados por la esclavitud de los horarios laborales, la rotatividad cíclica de las modas publicitarias y el flujo de las mercancías. La vela se vuelve un objeto humanizador al deconstruir los paisajes urbanos preprogramados, ese decorado a veces devorador y a veces alienante. La vela se convierte, así, en un gran relato. Sin embargo, la confrontación con una problemática aún más cruda vuelve a posarse sobre John Smith.
Imaginemos. La vela, en el reverso de esa pared, dentro de la institución, sería claramente un objeto de arte y el espectador, en este caso, sería fácilmente definible como sujeto. Se respetaría, de este modo, un diálogo o relación museográfica transparente entre sujeto y objeto, precondicionada de antemano por la historia del arte y de sus exhibiciones. Es así como, aunque la vela atraviese un proceso de consumo, este proceso sería negado o quedaría en una posición secundaria en comparación con el poder visual del objeto en sí mismo. Un espectador que la observase por cinco minutos no llegaría a percibir, o sentir, esa cualidad intrínseca del objeto. Si bien es posible construir, a partir de aquí, una lectura sobre los límites de la Institución, en este caso resulta interesante pensar como, a partir del cambio de contexto, se produce una transformación en los niveles de representación. Fuera del museo el objeto no es considerado de la misma forma. La gente que pasa a diario por esa zona puede percibir como el objeto proyectado va mutando a lo largo de las semanas. Percibir el cambio de la vela le otorga una cualidad casi subjetiva a la misma, un proceso orgánico con historia con pasado y futuro. Del mismo modo, podría pensarse que la gente que transita a diario por esa calle volviendo del trabajo en forma rutinaria, toma una cualidad de objeto: se cosifica. Bonadeo ya no regala un momento introspectivo y relajante, sino que produce un diálogo dentro del binomio objeto-sujeto confundiendo sus límites: la cualidad de objeto en un objeto y de sujeto en un sujeto. Se produce así una experiencia visual invertida: el objeto, o la situación, mira al espectador que ya no sólo es un sujeto productor, fenomenológicamente activo, sino que también es producido por la obra. El espectador se convierte en un sujeto-objeto, en un espacio ambiguo donde todo se contruye. El acto de percibir deviene algo más que la simple percepción, es construir el objeto en ese momento dado y, simultáneamente, construirnos a nosotros mismos. El sujeto obra, que varía día a día, mira al objeto John Smith, estático, inamovible a lo largo del tiempo. Podríamos imaginar que John Smith, al ver la vela consumiéndose, se mira así mismo consumiéndose en el tiempo, siempre igual, sin cambiar nunca.
Merleau-Ponty diría que el objeto existe en tanto experiencia del sujeto. En este caso podríamos decir que el sujeto empieza a existir en tanto experiencia del objeto. Es cierto que John Smith es el que mira la vela consumiéndose, pero es la experiencia que atraviesa la vela lo que vuelve a él en forma violenta, lo que le hace reflexionar sobre su cualidad de sujeto en el tiempo, haciendo visible su propia historia como individuo encerrado en la alienación de la ciudad turbulenta, aquello que Cristian Ferrer cataloga como una intensa prisión “… esa horma que hace nuestras vidas preciosas e irrecuperables tan sólo máquinas de movimiento perpetuo”. La obra funciona, en esta instancia, como catalizador.
Entonces, cuando Bonadeo cambia esa vela consumida por una nueva en el paso del 31 de diciembre al 1 de enero ¿Es esperanza? ¿Es el símbolo de que algo nuevo comienza, es renovación, renacimiento? ¿O es el ciclo de esa intensa prisión que vuelve a repetirse, una y otra vez?
Imaginemos.
Nuestro personaje se llama Mary Johnson.
Mary no percibe la vela de la misma forma que John. Mary es una persona
diferente a John. En ese encuentro donde el sujeto desde su propia
experiencia construye al objeto y a sí mismo, en esa mutua
interacción que no es simplemente la suma de los elementos
sino las formas de relacionarse entre objeto y sujeto, se construye
un tercer espacio, es decir, la obra en sí. Este tercer espacio
es una situación única: es creada por cada sujeto y
por cada objeto, ambos construidos en simultáneo en ese momento.
Martín Bonadeo realiza “instalaciones específicas
para el tiempo y el espacio” y, por qué no también,
para el sujeto.
proyección
de fuego
por martin bonadeo
El fuego
es el origen de todas las proyecciones. Desde la antigüedad muchas
culturas han explorado las posibilidades expresivas que ofrecen las
sombras y el filtrado de la luz. Incluso hoy en día el cine,
la televisión, el monitor de una computadora o un proyector
de LCD no son más que giros tecnológicos sobre estas
viejas ideas.
Quemar madera ha sido siempre una forma de generar luz, calor y aromas.
Hay algo acerca de la vida y la esperanza que el fuego representa
de un modo muy acertado. De hecho, todas las religiones incluyen el
uso de fuego y velas en sus ritos. Como un televisor, los patrones
aleatorios de luz y sombras producidos por una llama pueden hipnotizar
a cualquiera.
Una ciudad como San Francisco puede consumir miles de KW en una noche, pero la luz se sigue midiendo en candelas, los caballos de fuerza de la luminosidad.
fire
projection
by martin bonadeo
Fire
is the origin of projections. From ancient times many cultures have
been exploring the possibilities of shadows and light filtering to
produce expressive results. Even today cinema, television, a computer
monitor or an LCD projector, are no more than simple technological
shifts from these old ideas.
Burning wood has always been a way to generate not only light but
heat and smell as well. All the religions use fire and candles in
their rites, there is something about life and hope that this phenomena
represents in an extremely accurate way. As a TV set, fire’s
random flame patterns of light and shadows can hypnotized anyone.
A city like San Francisco can consume thousands of KW a night, but
light is still measured in candles, the horse power artificial brightness.