Hope
Intervención
Yerba Buena Center for the Arts, San Francisco, 2004 / Museo de las Américas, Denver, USA, 2006 / Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, Argentina, 2010

Esta intervención específica para el tiempo y el espacio consiste en una proyección monumental sobre una pared urbana externa. La película es una secuencia de 30 DVDs de 12 horas de una vela consumiéndose. Con el paso de las noches este cirio gigante se va quemando, reduciendo su altura hasta llegar a su mínima expresión. Esa noche una mano ingresa al cuadro, enciende una nueva vela de tamaño completo y la coloca sobre los restos de la anterior. El nuevo cirio se consume lentamente durante los siguientes días hasta que la pieza es removida.


A mi me rebota y a vos te explota, objeto/sujeto y la construcción del tiempo del espectador

por Javier Villa de Villafañe

Imaginemos. Nuestro personaje se llama John Smith.

John Smith no es romántico. No cumple años hasta dentro de un par de meses. No reza ni practica ritos satánicos. No vive en un refugio, sin energía eléctrica, en la cima del Himalaya. John Smith vive en San Francisco. Trabaja en el Downtown, en una importante firma que manipula dinero. El mercado termina su jornada a las 18 hs. Después de nueve horas de tener los ojos puestos sobre una procesión continua de LEDs y con sus cuerdas vocales agotadas por el frenesí del compro-vendo, –imaginémoslo como en las películas– el cuerpo de John Smith se desploma sobre el asiento, tapizado en cuero negro, de su BMW. Sale del estacionamiento a una ciudad plagada de automóviles. Comparte la ansiedad colectiva de volver a casa y darse una ducha caliente. Está por tocar bocina porque su fila de autos no avanza cuando, de pronto, mira al frente y se encuentra con una vela de 20 metros, encendida y proyectada sobre las paredes externas del Yerba Buena Center for the Arts.

Imaginemos. En un primer momento la imagen absorbe a nuestro personaje. Lo hipnotiza como a un adolescente la danza de formas que produce el fuego. John Smith está sobrecogido, se relaja, respira profundo. La proyección, ubicada en ese espacio público en el centro de San Francisco, es un escape del vértigo diario, de la superabundancia contemporánea de imágenes, de la polución sonora, la velocidad y el cansancio.

Como anuncia Martín Bonadeo en el título de la obra Hope, simbólicamente la vela puede transformarse en un signo de esperanza. Pero más importante aún, la vela –en su era posteléctrica– produce la sensación del instante detenido: un tiempo intermedio dentro de un espacio atemporal. Es decir, es esperanza y deseo cuando se sopla en un cumpleaños, pero sólo porque esa acción transcurre en un instante justo: entre medio de una edad y otra. El momento de apagarla es un momento sin tiempo. Lo mismo ocurre cuando se prende una vela en la noche entre el año viejo y el nuevo, o cuando un creyente entra a una capilla repleta de velas y prende la suya; el sobrecogimiento místico indica que ese espacio y esa acción no es terrenal ni celestial, sino un puente. Entonces, John Smith mira la vela. No sabe por cuánto tiempo, si media cuadra o un siglo. Flota como una pareja incipiente en su primera cena romántica. Bonadeo, en este caso, trabaja la idea de arte como ofrenda efímera. Prende una vela por los John Smiths que pasan diariamente por esa calle particular del mundo, un regalo precario y pequeño que provoca una experiencia actual, una historia situada –"una intervención específica para el tiempo y el espacio"-. Eso es claro: nunca un gran relato que pretenda desenmascarar una gran verdad. Sólo John Smith flotando en su asiento.

Imaginemos. Este efecto le dura unas cuantas pasadas, pero una vez que la situación comienza a naturalizarse y comprende el proceso de la vela consumiéndose día a día, el gigante trozo de cera deja de trasladarlo a ese espacio-lugar atemporal, casi meditativo, y lo trae al aquí y ahora de la forma más cruda posible. La vela se convierte en un objeto altamente anómalo, definiendo esa anomalía como una irrupción en el curso de las cosas, revelando lo injusto o lo penoso de las condiciones imperantes en el entorno en que la experiencia sucede. En el mejor de los casos, esa escala –aún mayor que la publicitaria– y la proyección como un proceso continuo en el tiempo y sobre las paredes de un centro de arte, trasforman a la vela en un objeto anómalo que pone en jaque el sometimiento diario a las formas y colores acostumbrados, rutinizados por la esclavitud de los horarios laborales, la rotatividad cíclica de las modas publicitarias y el flujo de las mercancías. La vela se vuelve un objeto humanizador al deconstruir los paisajes urbanos preprogramados, ese decorado a veces devorador y a veces alienante. La vela se convierte, así, en un gran relato. Sin embargo, la confrontación con una problemática aún más cruda vuelve a posarse sobre John Smith.

Imaginemos. La vela, en el reverso de esa pared, dentro de la institución, sería claramente un objeto de arte y el espectador, en este caso, sería fácilmente definible como sujeto. Se respetaría, de este modo, un diálogo o relación museográfica transparente entre sujeto y objeto, precondicionada de antemano por la historia del arte y de sus exhibiciones. Es así como, aunque la vela atraviese un proceso de consumo, este proceso sería negado o quedaría en una posición secundaria en comparación con el poder visual del objeto en sí mismo. Un espectador que la observase por cinco minutos no llegaría a percibir, o sentir, esa cualidad intrínseca del objeto. Si bien es posible construir, a partir de aquí, una lectura sobre los límites de la institución, en este caso resulta interesante pensar como, a partir del cambio de contexto, se produce una transformación en los niveles de representación. Fuera del museo, el objeto no es considerado de la misma forma. La gente que pasa a diario por esa zona puede percibir cómo el objeto proyectado va mutando a lo largo de las semanas. Percibir el cambio de la vela le otorga una cualidad casi subjetiva a la misma, un proceso orgánico con historia con pasado y futuro. Del mismo modo, podría pensarse que la gente que transita a diario por esa calle volviendo del trabajo en forma rutinaria, toma una cualidad de objeto: se cosifica. Bonadeo ya no regala un momento introspectivo y relajante, sino que produce un diálogo dentro del binomio objeto-sujeto confundiendo sus límites: la cualidad de objeto en un objeto y de sujeto en un sujeto. Se produce así una experiencia visual invertida: el objeto, o la situación, mira al espectador que ya no sólo es un sujeto productor, fenomenológicamente activo, sino que también es producido por la obra. El espectador se convierte en un sujeto-objeto, en un espacio ambiguo donde todo se contruye. El acto de percibir deviene algo más que la simple percepción, es construir el objeto en ese momento dado y, simultáneamente, construirnos a nosotros mismos. El sujeto obra, que varía día a día, mira al objeto John Smith, estático, inamovible a lo largo del tiempo. Podríamos imaginar que John Smith, al ver la vela consumiéndose, se mira a sí mismo consumiéndose en el tiempo, siempre igual, sin cambiar nunca.

Merleau-Ponty diría que el objeto existe en tanto experiencia del sujeto. En este caso podríamos decir que el sujeto empieza a existir en tanto experiencia del objeto. Es cierto que John Smith es el que mira la vela consumiéndose, pero es la experiencia que atraviesa la vela lo que vuelve a él en forma violenta, lo que le hace reflexionar sobre su cualidad de sujeto en el tiempo, haciendo visible su propia historia como individuo encerrado en la alienación de la ciudad turbulenta, aquello que Cristian Ferrer cataloga como una intensa prisión "… esa horma que hace de nuestras vidas preciosas e irrecuperables tan sólo máquinas de movimiento perpetuo." La obra funciona, en esta instancia, como catalizador. Entonces, cuando Bonadeo cambia esa vela consumida por una nueva en el paso del 31 de diciembre al 1 de enero, ¿es esperanza? ¿Es el símbolo de que algo nuevo comienza, es renovación, renacimiento? ¿O es el ciclo de esa intensa prisión que vuelve a repetirse, una y otra vez? Imaginemos. Nuestro personaje se llama Mary Johnson.

Mary no percibe la vela de la misma forma que John. Mary es una persona diferente a John. En ese encuentro donde el sujeto desde su propia experiencia construye al objeto y a sí mismo, en esa mutua interacción que no es simplemente la suma de los elementos sino las formas de relacionarse entre objeto y sujeto, se construye un tercer espacio, es decir, la obra en sí. Este tercer espacio es una situación única: es creada por cada sujeto y por cada objeto, ambos construidos en simultáneo en ese momento. Martín Bonadeo realiza "intervenciones específicas para el tiempo y el espacio" y, por qué no también, para el sujeto.


Proyección de fuego

Texto de sala

El fuego es el origen de todas las proyecciones. Desde la antigüedad muchas culturas han explorado las posibilidades expresivas que ofrecen las sombras y el filtrado de la luz. Incluso hoy en día el cine, la televisión, el monitor de una computadora o un proyector de LCD no son más que giros tecnológicos sobre estas viejas ideas.

Quemar madera ha sido siempre una forma de generar luz, calor y aromas. Hay algo acerca de la vida y la esperanza que el fuego representa de un modo muy acertado. De hecho, todas las religiones incluyen el uso de fuego y velas en sus ritos. Como un televisor, los patrones aleatorios de luz y sombras producidos por una llama pueden hipnotizar a cualquiera. Una ciudad como San Francisco puede consumir miles de KW en una noche, pero la luz se sigue midiendo en candelas, los caballos de fuerza de la luminosidad.


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